Thursday, January 05, 2006

Facilis descensus Averno


"No existen sucesos morales, sino una interpretación moral de los sucesos. El Mal es, simplemente, lo que desconocemos."
F. Nietzsche


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Al finalizar el crepúsculo, la mejor hora del día, comenzaba la noche, reinando durante unas horas, en las que mi subconsciente se sentía algo perdido y enajenado. Sin embargo yo, me sentía atraído por lo que se conoce como la Señora de la Noche, la Oscuridad. A veces había experimentado problemas por mi amor a ella, la gente había llegado a pensar que era una especie de vampiro, qué ilusos!!!.

Ahora era tiempo de dormir, cosa que la verdad no me agradaba demasiado. Yo amaba la noche, me regocijaba en su seno, pero la actividad química y física de mi cuerpo pedía ese descanso anhelado durante todo el día. Esta noche no había podido vencer esa necesidad y he tenido que inundar de oscuridad a mis ojos. Que belleza esta oscuridad, donde ni el espacio ni el tiempo están definidos. En éste lugar todo vale y nada tiene sentido alguno y la ausencia de colores sobreestimula mi cerebro, que pide crearme un nuevo sueño, con el cual el pueda gestionar la falta de normalidad sensitiva que es ofrecida durante el día.

Así que empiezo a perder la conciencia y entro en un estado de letargo que me durará unas ocho horas, tiempo en el que podré disfrutar de lo que mi mente haya preparado para mi esa noche. Es lo único que me preocupa ahora, saber si tendré un sueño agradable, placentero o una pesadilla y aunque parezca extraño, no sé dónde está el límite entre uno y otro, todo se reduce a un pensamiento a un juego que mi mente domina y elige desestimando totalmente mi opinión y mi juicio de la realidad en el mundo de los sueños.

-El Génesis de un sueño

Todo está oscuro, parece ser que la negra noche ha envuelto todo y que no he salido de dónde estaba al principio. Creo tener los ojos cerrados, pero no es así, simplemente no hay nada, estoy envuelto en un especie de oscuridad etérea e inmaterial, no siento tocar el suelo, así que debo de estar flotando.

Lo único que siento es el abrazo frío e incontenible de la negrura que me acecha, que me sorprende, que me domina y en la que estoy inmerso. Aunque miro hacia un lado y hacia otro, parece que mi cabeza no se ha movido ni un ápice, no hay distinción alguna en este espacio que es infinito. A lo mejor no lo era. Es el momento de averiguar si tenía y dónde se encontraba el final de aquel recinto en el cual no podía penetrar la luz, aunque si era de noche no era muy difícil que eso ocurriera. Empecé a dar pasos, otra cosa que me sorprendió ya que al principio me había sentido flotar. Mis movimientos eran torpes, lentos e inhábiles en aquella masa informe. Mientras caminaba a tientas creía haberme rozado con algo puntiagudo me rasgo el antebrazo con un dolor fino pero que duraba más de lo que había esperado. Mi sorpresa fue incontenible, miré mi brazo y mi sangre brotaba luminosa de un color intenso.

- Aegroto dum anima est, spes est.

Podía ver, podía usar mi sangre como si fuera un fuego fatuo que me guiaría por aquel lugar ahora de sombras y contrastes, producidos por un suelo rugoso de algún tipo de ladrillo con relieve, en el que había extrañas runas esbozadas con precisión en el suelo, con un liquido color rojo, caliente y que yo no me atreví a tocar. La visión de aquellos emblemas en el suelo no era agradable a mi vista, además un calor me llegó en un instante, empecé a sudar. Allí hacía mucho calor, pero no me había dado cuenta antes, incluso podía ser que lo que estuviera caliente fuera la estructura de aquella habitación y no el líquido, aunque todo esto no era más que hipótesis, así que seguí buscando en aquel oscuro pasaje.

La idea que se me rondaba la cabeza ahora la cabeza era la posibilidad de la existencia de vida en aquel lugar, ya que alguien debía haber pintado aquello en el suelo, y a juzgar por el calor que emitía no creo que hubiera sido hecho por algo humano, porque cualquier material que yo conociera se hubiera fundido al instante con aquel líquido. De repente me encontré en una habitación más grande aún que el anterior lugar en que me encontraba y donde la luz producida por mi sangre era insuficiente para la visión, así que rasgué mi herida y la hice más grande, cuanta más sangre salía más luminosa era y su color se tornaba cada vez más blancuzco. La idea de quedarme sin sangre no me asustaba, con lo cual seguí explorando aquella habitación que por grande no ocultaba ningún misterio o rasgo significativo como había ocurrido anteriormente, era simplemente una gran habitación lisa, de un color más grisáceo que la anterior pero no en gran medida. En aquella habitación no sentí nada especial, ni nada que me sugiriera quedarme, salí de allí.

- Beati pauperes spiritu

Ahora me encontraba en una habitación muy estrecha pero a la vez muy alta, la luz de mi brazo se perdía en su inmensa altitud. También era bastante larga, inmensamente larga, parecía no tener fin, cosa que no ocurrió con las otra habitaciones en las que había estado. Anduve durante un largo tiempo, y encontré una escalera, parecían trozos de una madera que estaban suspendidos y apoyados en... ninguna parte. El aspecto de la los peldaños parecía seguro aunque su material fuera algo antiguo. Me dispuse a subir a aquella escalera que parecía hacerse cada vez más ancha de manera trapezoidal.

Por extraño que parezca, no pensaba dónde acabaría la escalera, lo único que inundaba mis pensamientos era que si me despertaría en la parte más interesante de aquel enrevesado sueño de oscuridad y sangre. Seguramente con eso mi mente querría demostrarme el poder que poseía la sangre humana, sustancia líquida tan preciada e imprescindible para la vida y que siempre me había fascinado tanto, por el momento era mi mejor compañera en aquel negro lugar.

Quién sabe que más cosas podría hacer mi sangre, o alguno de mis órganos, ocultos bajo una piel fina y fácilmente desgarrable. Ahora era otra idea la que me llenaba, si mi sangre producía luz, mi corazón produciría una luz inmensa que me ayudaría a iluminar aquel lugar por vasto que fuera.

- Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius.

Me senté en la escalera y arranqué como pude un trozo de madera de la escalera, que curiosamente quedó en forma de estaca y destapé la parte izquierda de mi pecho. La luz fue tan intensa que me cegué durante unos segundos, y me encontré en mi habitación sentado delante de la cama, viéndome soñar, ¿viéndome soñar? Me observé detenidamente y el horror invadió mis ojos, ante mi yacía mi cuerpo exangüe, las sábanas se habían teñido de rojo, y una red de sangre inundaba mi cuerpo, mis ojos permanecían cerrados, la herida que había en mi pecho dejaba al descubierto la caja torácica que contenía a mi corazón, parado y brillante. Eso significaba que mi muerte había sido inminente, había muerto al instante, quizás desangrado más que por la herida del pecho, pero lo importante es que había muerto, fuera como fuera, la vida se me había escapado.

Mi mente había viajado separada de mi cuerpo pero había ordenado a mis músculos que ejecutasen mi asesinato, mientras ella estaba sumida en un sueño macabro y fuera de los límites de la imaginación humana. En cuanto al primer corte que me hice, encontré una pequeña daga, muy antigua que acababa recien de comprar por la tarde y que mientras la estudiaba, la había dejado encima de la cama antes de dormirme. Ahora era un espíritu atormentado, que vagaría furibundo por aquella casa traicionado por su mente, por su alma, la cual le había asesinado, sin vacilar...

Credo quia absurdum.